Y llegamos a Cusco. Cuidad impresionante allá donde las haya. Capital del imperio Inca en la época precolombina. Actualmente es un lugar bellísimo, repleto de los vestigios de lo ocurrido con la llegada de los españoles. Podríamos decir que la ciudad es una mezcla entre Salamanca y Sevilla, con sus calles adoquinadas, iglesias, balconadas de madera, arcos, etc. Cualquier esquina te sorprendía, en realidad es una de las más bellas ciudades que hemos visto hasta el momento. Los grandes muros que antes servían a las ciudades Incas ahora son parte de los muros de los edificios. Hay una anécdota, en una calle donde los lugareños dicen que a un lado está la pared de los Incas (con piedras pulidas y milimétricamente colocadas) y la de los Incapaces (es decir, la que fue elaborada por los españoles, no tenemos muy buena fama por estos lares). Fue aquí, donde de nuevo, nos encontramos a Rubén y su guitarra, con quien disfrutamos de grandes momentos compartidos.

Aquí fue donde probamos el Cui, rata o conejillo de indias, que se como en todo el Perú. Resulta un tanto raro verle la cara y las patillas enteras al animal a la hora de comerlo.
Pese al encanto que desplegaba la ciudad en todos los sentidos, y a que para llegar pasamos toda la noche en bus sin apenas pegar ojo (salvo nuestro compañero Jandro, que parece que cuanto más dura sea la prueba más duerme), decidimos que queríamos salir cuanto antes, Machupicchu nos llamaba a gritos. Y la verdad es que deseábamos merecernos verla, que realmente al llegar tuviéramos la sensación de descubrirla nosotros mismos. Tras varios debates, entre hacerlo por nuestra cuenta o no, contratamos un trekking de 5 días llamado SALKANTAY (montaña Salvaje), por el que pasaríamos por las faldas de esta montaña de 6.250m. Por supuesto, también nos acompañaría el nuevo integrante del equipo, Rubén.

Comenzábamos en Mollepata (2.900m), y dormimos la primera noche a 3.900, por tanto tuvimos nuestras primeras horas de subidas, era un buen comienzo. Pero no tardó en llegar nuestra primera sorpresa al ir al baño, en el lugar donde comíamos, y divisar una serpiente. Con tiendas de campaña nos recibieron donde pasaríamos nuestra primera noche. El equipo consistía en 15 turistas (2 australianos, 2 ingleses, 2 californianos, 1 israelí, 3 argentinos y 5 españoles), 2 guías (Edy y Edwin), el equipo de portadores (que llevaban caballos con nuestras bolsas, sacos, comida, etc.) y el equipo de cocina (Fabián y sus dos asistentes), y aunque todos muy variopinto, en ese pequeño lugar en el que nos refugiábamos del frio y tomábamos unos tés junto con la estrella del grupo, la guitarra de Rubén, hizo que todos nos sintiéramos cercanos entonando las mismas canciones.

Nosotros siempre salíamos primeros, y en medio del camino nos alcanzaban los porteadores y los cocineros, que tenían que llegar antes para tener tiempo a prepararlo todo. Una verdadera pasada ver cómo trabaja esta gente, y a qué ritmo. Cada vez que los veíamos pasar alucinábamos.

La vista de esa primera noche fue realmente impresionante, con dos picos a nuestro alrededor, un cielo totalmente estrellado, y un frío que pelaba. También comenzábamos a descubrir lo era dormir en el suelo, cosa a la que nos acostumbraríamos en poco.
Sullpayqui Apu Salkantay
Espíritus ancestrales
habitan la montaña
salvaje e indomable,
uno de los pasos
por donde corrieron los Incas
llevando noticias a todas partes.
Salkantay
hijo del rey Inca
convertido en Kollo Riti
salvo de la sequía a su pueblo
con lágrimas de alegría.
Subidas que roban aire,
arroyos que son la savia
de lagunas y valles,
planos peruanos
descansos cuesta arriba
quitan el rojo de sangre.
Salkantay
hijo del rey Inca
convertido en Kollo Riti
salvo de la sequía a su pueblo
con lágrimas de alegría.

La siguiente jornada era la más dura de todas, con una caminata de 11 horas, en las que teníamos que atravesar el paso del SALKANTAY a 4.650m, un tramo de alta montaña, y terminar de nuevo a 2.900m, en medio de la selva. La dura subida suponía que cada paso fuera un verdadero reto a superar. La respiración forzada y el corazón a 2.000 revoluciones. Una verdadera prueba de resistencia física. Paso a paso, sin pensar en nada más que ese paso que das. Centrado tan sólo en el momento presente. Luchando con tus propias limitaciones. Y lo mejor, la llegada, culminaba tanto esfuerzo con una vista espectacular. Y con celebraciones. Por supuesto, no podría faltar un ritual de agradecimiento a los Apus, dioses de las alturas (con tres hojas de coca, y una piedra que habíamos cogido al despertarnos en el campamento en el que dormimos, susurrando al viento “Sullpayqui Apu Salkantay” que significa “Gracias Dios Salkantay”).
Y de aquí, comenzamos la bajada a la selva. Pasamos de un paisaje a otro, atravesando preciosas praderas verdes. Las vistas eran verdaderamente espectaculares y sorprendentes.

De nuevo bajadas por estrechos desfiladeros atravesando ríos, bajando y subiendo, entre piedras que parecían oro. Con paradas en las probamos frutos de los árboles. Y tras la que por fin llegamos a Santa Teresa, donde visitamos sus aguas termales para relajarnos, limpiarnos y disfrutar como Pajares y Esteso en las playas de Torremolinos. Ya estamos cerca, y el grupo cada vez más unido por el son de una guitarra, que dio lo más grade esa noche a la luz de una fogata.

Llegó nuestra última jornada antes de alcanzar Aguas Calientes, que sería donde pasaríamos nuestra noche antes de la llegada a Machupicchu. Para ello, caminamos hasta la hidroeléctrica desde la que seguimos las vías del tren durante más de 11 kilómetros. Esto fue una verdadera paranoia, ya que tuvimos trenes pasando por donde estábamos yendo, y la verdad que tanto andar por las vías terminaba mareando un poco. A la llegada pudimos darnos una ducha. La emoción se apoderaba de nuestros cuerpos y la alegría no hacía más que salir por cada poro de nuestra piel. 
Esa mañana quedamos a las 4:30 en la plaza de Aguas Caliente para llegar cuanto antes a la entrada de la ciudadela (ya que tan solo los 400 primeros pueden tener acceso para el ansiado Waynapicchu). Esa subida de 700m, y sus más de 2000 escalones, a la luz de las linternas con el cansancio acumulado de los días pasados, fue realmente dura, pero gratificante conseguirlo. La entrada en Machupicchu fue mágica. Fuimos de los primeros 30 en entrar, y pudimos ver la ciudad sin nadie, rodeados de una suave neblina y con llamas pastando en las verdes explanadas que están donde antes había una espléndida y planificada ciudad. La lluvia aparecía a ratos, no sabiendo si nos iba a dejar disfrutar o no del preciado lugar.
Donde se encontraba la ciudad era realmente increíble, rodeada de precipicios y ríos, protegida por los Apus. Con canales atravesando sus calles, en los que nunca deja de manar agua. Con el templo del sol y sus cuatro elementos Wayra (viento), Inti (fuego), Unuyacu (agua) y Pachamama (Tierra). Con el reloj solar, las tres ventanas y la casa del guardián.

Machupicchu
Roca virgen convertida en piedra
de interminables escaleras,
pegadas a la montaña
como si formaran
parte de ella.
La diosa bautizada vieja,
vivió muchos años siendo selva,
desde que los Incas dejaran
sus casas abandonadas
antes de verlas muertas.
Gritan puntas de flecha,
mirando al cielo la rodean,
como si trataran
de fieles guardianas
del Apu que las venera.
A través de una de ellas
continua la angosta senda,
Waynapicchu, la deseada,
vertiginosa entrada
al mundo de las estrellas.
Desde allí, se contempla,
en paz, la abarrotada perla,
en el jardín de los dioses refugiada,
escondite de las hadas
y de vuelta de nuevo a tierra.

Y nos llegó el turno de subir a la desconocida Waynapicchu. No sé muy bien como describir esta aventura para que pueda apreciarse las sensaciones vividas. Se trata de la montaña alta que se ve en la típica imagen de Machupicchu. Supone una subida por un camino inca escalonado en el que había ocasiones que era más bien escalada que otra cosa. Con cuerdas a las que te sujetabas, y precipicios al lado. Pasábamos por cuevas, nos deslizábamos por rocas, todo ello en parajes indescriptibles. La vista cuando llegamos a la cumbre nos deleitó con la llegada del sol. Fue algo realmente mágico e inesperado. No dábamos crédito de que estuviera abierto al turista y nos sentimos afortunados por haber tenido la experiencia de recorrerlo, de haberlo vivido, sentido y abrazado. La esencia de esta civilización se respira en este lugar. Y es que es verdaderamente alucinante donde está ubicada esta ciudad. La razón por la que construían las ciudades en los altos era para estar más cerca de sus dioses. Y realmente en este lugar se está muy cerca del cielo. Muy alto.

Felices y emocionados nos dispusimos a bajar para coger el tren que nos llevaba de vuelta a Cusco. En un tren para turistas (los lugareños van en otro tipo de tren). Curiosamente se nos estropeó nuestra locomotora, pero de nuevo la guitarra fue la protagonista, y con todos nosotros como actores secundarios, montamos un circo en el andén. Cantes, bailes y cervezas hicieron de un retraso de más de 2 horas una fiesta. Y es que Dios los cría y el viento los amontona.
La verdad es que ha sido una maravillosa experiencia y de nuevo la gente con la que lo hemos compartido no ha hecho más que engrandecer el lugar y el momento. No hubiera sido lo mismo sin esa pimienta que le ponía el equipo argentino, ni por supuesto sin su mate. Tampoco hubiera sido lo mismo sin nuestro maravilloso guía Edy, quien con sus historias e ilustraciones hacía de cada momento una clase de historia peruana. No hubiera sido lo mismo sin el personaje israelí, quien nos hacía ver que no todos los de esta tierra son iguales. No hubiera sido igual sin los californianos cantando “Me llaman borrachito borrachón”. Y por supuesto no hubiera sido lo mismo sin la guitarra y guitarrista, arriba ese Rubén. Y sin nosotros, el maravilloso equipo massalero, jeje.
Y ahora de nuevo en Cusco destrozados decidimos descansar unos días para comenzar nuestras andaduras por el valle sagrado, pero chicos esto pasa a ser parte de otra historia.
Un besazo enorme a todos.
Cris, Juanlu, Jandro y Jaime
Massaleros vuelta al Mundo