jueves, 7 de mayo de 2009

Camino al Machupicchu

Y llegamos a Cusco. Cuidad impresionante allá donde las haya. Capital del imperio Inca en la época precolombina. Actualmente es un lugar bellísimo, repleto de los vestigios de lo ocurrido con la llegada de los españoles. Podríamos decir que la ciudad es una mezcla entre Salamanca y Sevilla, con sus calles adoquinadas, iglesias, balconadas de madera, arcos, etc. Cualquier esquina te sorprendía, en realidad es una de las más bellas ciudades que hemos visto hasta el momento. Los grandes muros que antes servían a las ciudades Incas ahora son parte de los muros de los edificios. Hay una anécdota, en una calle donde los lugareños dicen que a un lado está la pared de los Incas (con piedras pulidas y milimétricamente colocadas) y la de los Incapaces (es decir, la que fue elaborada por los españoles, no tenemos muy buena fama por estos lares). Fue aquí, donde de nuevo, nos encontramos a Rubén y su guitarra, con quien disfrutamos de grandes momentos compartidos.




Aquí fue donde probamos el Cui, rata o conejillo de indias, que se como en todo el Perú. Resulta un tanto raro verle la cara y las patillas enteras al animal a la hora de comerlo.



Pese al encanto que desplegaba la ciudad en todos los sentidos, y a que para llegar pasamos toda la noche en bus sin apenas pegar ojo (salvo nuestro compañero Jandro, que parece que cuanto más dura sea la prueba más duerme), decidimos que queríamos salir cuanto antes, Machupicchu nos llamaba a gritos. Y la verdad es que deseábamos merecernos verla, que realmente al llegar tuviéramos la sensación de descubrirla nosotros mismos. Tras varios debates, entre hacerlo por nuestra cuenta o no, contratamos un trekking de 5 días llamado SALKANTAY (montaña Salvaje), por el que pasaríamos por las faldas de esta montaña de 6.250m. Por supuesto, también nos acompañaría el nuevo integrante del equipo, Rubén.




Comenzábamos en Mollepata (2.900m), y dormimos la primera noche a 3.900, por tanto tuvimos nuestras primeras horas de subidas, era un buen comienzo. Pero no tardó en llegar nuestra primera sorpresa al ir al baño, en el lugar donde comíamos, y divisar una serpiente. Con tiendas de campaña nos recibieron donde pasaríamos nuestra primera noche. El equipo consistía en 15 turistas (2 australianos, 2 ingleses, 2 californianos, 1 israelí, 3 argentinos y 5 españoles), 2 guías (Edy y Edwin), el equipo de portadores (que llevaban caballos con nuestras bolsas, sacos, comida, etc.) y el equipo de cocina (Fabián y sus dos asistentes), y aunque todos muy variopinto, en ese pequeño lugar en el que nos refugiábamos del frio y tomábamos unos tés junto con la estrella del grupo, la guitarra de Rubén, hizo que todos nos sintiéramos cercanos entonando las mismas canciones.



Nosotros siempre salíamos primeros, y en medio del camino nos alcanzaban los porteadores y los cocineros, que tenían que llegar antes para tener tiempo a prepararlo todo. Una verdadera pasada ver cómo trabaja esta gente, y a qué ritmo. Cada vez que los veíamos pasar alucinábamos.


La vista de esa primera noche fue realmente impresionante, con dos picos a nuestro alrededor, un cielo totalmente estrellado, y un frío que pelaba. También comenzábamos a descubrir lo era dormir en el suelo, cosa a la que nos acostumbraríamos en poco.


Sullpayqui Apu Salkantay


Espíritus ancestrales
habitan la montaña
salvaje e indomable,
uno de los pasos
por donde corrieron los Incas
llevando noticias a todas partes.

Salkantay
hijo del rey Inca
convertido en Kollo Riti
salvo de la sequía a su pueblo
con lágrimas de alegría.

Subidas que roban aire,
arroyos que son la savia
de lagunas y valles,
planos peruanos
descansos cuesta arriba
quitan el rojo de sangre.

Salkantay
hijo del rey Inca
convertido en Kollo Riti
salvo de la sequía a su pueblo
con lágrimas de alegría.


La siguiente jornada era la más dura de todas, con una caminata de 11 horas, en las que teníamos que atravesar el paso del SALKANTAY a 4.650m, un tramo de alta montaña, y terminar de nuevo a 2.900m, en medio de la selva. La dura subida suponía que cada paso fuera un verdadero reto a superar. La respiración forzada y el corazón a 2.000 revoluciones. Una verdadera prueba de resistencia física. Paso a paso, sin pensar en nada más que ese paso que das. Centrado tan sólo en el momento presente. Luchando con tus propias limitaciones. Y lo mejor, la llegada, culminaba tanto esfuerzo con una vista espectacular. Y con celebraciones. Por supuesto, no podría faltar un ritual de agradecimiento a los Apus, dioses de las alturas (con tres hojas de coca, y una piedra que habíamos cogido al despertarnos en el campamento en el que dormimos, susurrando al viento “Sullpayqui Apu Salkantay” que significa “Gracias Dios Salkantay”).



Y de aquí, comenzamos la bajada a la selva. Pasamos de un paisaje a otro, atravesando preciosas praderas verdes. Las vistas eran verdaderamente espectaculares y sorprendentes.


De nuevo bajadas por estrechos desfiladeros atravesando ríos, bajando y subiendo, entre piedras que parecían oro. Con paradas en las probamos frutos de los árboles. Y tras la que por fin llegamos a Santa Teresa, donde visitamos sus aguas termales para relajarnos, limpiarnos y disfrutar como Pajares y Esteso en las playas de Torremolinos. Ya estamos cerca, y el grupo cada vez más unido por el son de una guitarra, que dio lo más grade esa noche a la luz de una fogata.



Llegó nuestra última jornada antes de alcanzar Aguas Calientes, que sería donde pasaríamos nuestra noche antes de la llegada a Machupicchu. Para ello, caminamos hasta la hidroeléctrica desde la que seguimos las vías del tren durante más de 11 kilómetros. Esto fue una verdadera paranoia, ya que tuvimos trenes pasando por donde estábamos yendo, y la verdad que tanto andar por las vías terminaba mareando un poco. A la llegada pudimos darnos una ducha. La emoción se apoderaba de nuestros cuerpos y la alegría no hacía más que salir por cada poro de nuestra piel.



Esa mañana quedamos a las 4:30 en la plaza de Aguas Caliente para llegar cuanto antes a la entrada de la ciudadela (ya que tan solo los 400 primeros pueden tener acceso para el ansiado Waynapicchu). Esa subida de 700m, y sus más de 2000 escalones, a la luz de las linternas con el cansancio acumulado de los días pasados, fue realmente dura, pero gratificante conseguirlo. La entrada en Machupicchu fue mágica. Fuimos de los primeros 30 en entrar, y pudimos ver la ciudad sin nadie, rodeados de una suave neblina y con llamas pastando en las verdes explanadas que están donde antes había una espléndida y planificada ciudad. La lluvia aparecía a ratos, no sabiendo si nos iba a dejar disfrutar o no del preciado lugar.


Donde se encontraba la ciudad era realmente increíble, rodeada de precipicios y ríos, protegida por los Apus. Con canales atravesando sus calles, en los que nunca deja de manar agua. Con el templo del sol y sus cuatro elementos Wayra (viento), Inti (fuego), Unuyacu (agua) y Pachamama (Tierra). Con el reloj solar, las tres ventanas y la casa del guardián.



Machupicchu

Roca virgen convertida en piedra
de interminables escaleras,
pegadas a la montaña
como si formaran
parte de ella.

La diosa bautizada vieja,
vivió muchos años siendo selva,
desde que los Incas dejaran
sus casas abandonadas
antes de verlas muertas.

Gritan puntas de flecha,
mirando al cielo la rodean,
como si trataran
de fieles guardianas
del Apu que las venera.

A través de una de ellas
continua la angosta senda,
Waynapicchu, la deseada,
vertiginosa entrada
al mundo de las estrellas.

Desde allí, se contempla,
en paz, la abarrotada perla,
en el jardín de los dioses refugiada,
escondite de las hadas
y de vuelta de nuevo a tierra.


Y nos llegó el turno de subir a la desconocida Waynapicchu. No sé muy bien como describir esta aventura para que pueda apreciarse las sensaciones vividas. Se trata de la montaña alta que se ve en la típica imagen de Machupicchu. Supone una subida por un camino inca escalonado en el que había ocasiones que era más bien escalada que otra cosa. Con cuerdas a las que te sujetabas, y precipicios al lado. Pasábamos por cuevas, nos deslizábamos por rocas, todo ello en parajes indescriptibles. La vista cuando llegamos a la cumbre nos deleitó con la llegada del sol. Fue algo realmente mágico e inesperado. No dábamos crédito de que estuviera abierto al turista y nos sentimos afortunados por haber tenido la experiencia de recorrerlo, de haberlo vivido, sentido y abrazado. La esencia de esta civilización se respira en este lugar. Y es que es verdaderamente alucinante donde está ubicada esta ciudad. La razón por la que construían las ciudades en los altos era para estar más cerca de sus dioses. Y realmente en este lugar se está muy cerca del cielo. Muy alto.


Felices y emocionados nos dispusimos a bajar para coger el tren que nos llevaba de vuelta a Cusco. En un tren para turistas (los lugareños van en otro tipo de tren). Curiosamente se nos estropeó nuestra locomotora, pero de nuevo la guitarra fue la protagonista, y con todos nosotros como actores secundarios, montamos un circo en el andén. Cantes, bailes y cervezas hicieron de un retraso de más de 2 horas una fiesta. Y es que Dios los cría y el viento los amontona.


La verdad es que ha sido una maravillosa experiencia y de nuevo la gente con la que lo hemos compartido no ha hecho más que engrandecer el lugar y el momento. No hubiera sido lo mismo sin esa pimienta que le ponía el equipo argentino, ni por supuesto sin su mate. Tampoco hubiera sido lo mismo sin nuestro maravilloso guía Edy, quien con sus historias e ilustraciones hacía de cada momento una clase de historia peruana. No hubiera sido lo mismo sin el personaje israelí, quien nos hacía ver que no todos los de esta tierra son iguales. No hubiera sido igual sin los californianos cantando “Me llaman borrachito borrachón”. Y por supuesto no hubiera sido lo mismo sin la guitarra y guitarrista, arriba ese Rubén. Y sin nosotros, el maravilloso equipo massalero, jeje.

Y ahora de nuevo en Cusco destrozados decidimos descansar unos días para comenzar nuestras andaduras por el valle sagrado, pero chicos esto pasa a ser parte de otra historia.

Un besazo enorme a todos.

Cris, Juanlu, Jandro y Jaime
Massaleros vuelta al Mundo

lunes, 27 de abril de 2009

Magia en el Titikaka

Entusiasmados salimos de la Paz rumbo a la mágica isla del Sol en el Lago Titikaka, cuna de culturas y civilizaciones andinas. El lago es para sus gentes (Quechuas, Aymaras, Uros, etc.), como el Ganges a los Hinduistas. Decidimos ir a la zona norte, por tratarse de un lugar menos turístico, y lo que nos encontramos nos dejo boquiabiertos.



Que emocionante fue la entrada a la comunidad de Challapampa, donde dormiríamos dos noches. Llegamos solos los cuatro en un bote. Nadie más en el sur quiso subir hacia el norte.


Cogimos una posada justo en frente de la avenida, por llamarlo de alguna manera, principal del pueblo. Dio la sensación de que estábamos formando parte y siendo testigos de la vida cotidiana de estas gentes. Contemplamos como trabajan las mujeres, como pescan los hombres, como juegan los niños, como cuidan de su ganado, como conversan, como ríen. En definitiva, contemplamos como viven.

Nadie te vende nada, salvo que tú necesites comprar algo. Y a parte de todo esto el entorno es un autentico paraíso. Se respira tranquilidad. Se contempla belleza en todas las direcciones. Y entre tanto, el lago sigue observándote mudo, mostrándote sin rubor toda la inmensidad de su hermosura. Casi no apetece hablar. La mayoría del tiempo tenemos la sensación de que no sería justo romper tanta belleza. Es difícil imaginar vivir un silencio tan bello. Solo nos apetece sentarnos frente a este mudo y embustero “mar” (ya que su inmensidad, de 8.560km2, solo puede ser igualada a la del mar, y también se trata del lago navegable más alto del mundo) y sumergirnos en su quietud.
La Isla del Sol. Lago Titikaka

Una bahía en paz
te lleva al mundo de la calma,
una ligera y gélida brisa
despierta los sentidos de tu piel,
ovejas, aves, llamas
acuden al agua del Titikaka
a disfrutar de su playa
y beber.

Ante tus ojos un mar
dulce y extraño, rodeado de montañas,
la ciudad Markapampa sumergida
las ruinas Chinkana en su desnudez,
y la comunidad Challapampa
conservan limpias el alma
y la fé.

Un sol que intenta tocar
la pequeña luna deseada,
desde donde el pueblo Inca
su ser vio nacer,
vírgenes que morían sacrificadas
en la mesa sagrada
al atardecer.


En el lago existen dos lenguas, la de los quechuas (lengua de los Incas) y la de los Aymaras. Al lago sus gentes los llaman Mamakhota, entendiendo el lago como una deidad. Resulta curioso que sea considerado como un ser vivo, y en cierta manera lo es. Duerme de día y se despierta de noche (las olas se levanta al anochecer).


Decidimos hacer un trekking en la isla, para conocer más sobre la historia de la misma, y sobre la importancia que ha tenido en la cultura Inca, y en la actualidad sobre el pueblo Aymara que habita la Isla. Visitamos la Piedra Sagrada donde Karola, una chica Aymara, nos explico que en la piedra se representaban los tres dioses de la cultura Inca (Wirakocha como dios creador, El Puma como la Madre Tierra, y el Condor como el espacio exterior).



También visitamos la roca sagrada, Titikala. Se dice que el Dios creador Wirakocha salió de la roca sagrada durante la creación del mundo, el Sol, la Luna y las estrellas, siendo este el inicio de la civilización Inca. Tras ello fuimos a la Mesa de Sacrificio, aun hoy en día se realizan sacrificios de Llamas, donde antaño eran sacrificadas mujeres vírgenes. Tras ello el laberinto de Chinkana. Las vistas desde este lugar, así como de la caminata hasta llegar, eran realmente impresionantes e indescriptibles.


En las noches nos deleitábamos con fogatas en una de las playas de la comunidad, donde se nos unían los pocos extranjeros que estábamos en el lugar, con música, chistes y sobre todo muy buena energía que se contagiaba. Allí fue donde de nuevo nos enganchamos con Rubén y su guitarra, un madrileño que también anda dando la vuelta al mundo, y con el que nos deleitamos con sus reflexiones en la entrevista que le hicimos.


Nos costaba salir de este mágico lugar de la Isla del Sol pero el viaje debe continuar. Ahora destino Perú , el otro lado del místico lago, con nuevas culturas que deseábamos conocer. De nuevo cambio de moneda y de hora. Llegamos a Puno desde donde contratamos una excursión de dos días para visitar varias islas y dormir con una familia en la isla de Amantaní.



Nos montamos en una barca dirección a las islas flotantes de los Uros. Se trata de un pueblo indígena que hace muchísimos años, y debido a sus guerras con los Aymaras, tuvieron que abandonar sus pueblos a las orillas y embarcarse en sus valsas de Totora (junco predominante de la zona). Y sin tierras comenzaron a aprender a subsistir en el propio lago haciendo uso de la Totora, como comida así como para construir las islas y sus casas,llegando a crear un nuevo estilo de vida hasta el día de hoy. Su lengua fue extinguida y actualmente hablan Aymara. Es algo realmente sorprendente comprender su estilo de vida. Los llamativos colores de sus vestimentas y pompones hacían que nuestras pupilas estuvieran en éxtasis continuo. Y más aun cuando me invitaron a vestir como una de ellas, la emoción recorría mis venas.

Islas flotantes. Los Uros.

En el Titikaka
o Puma de Piedra,
las totoras crecen
sobre el agua
como si en tierra fueran yerba.
El chullo, su parte blanca,
se come, si se pela,
utilizan la verde
para construir casas y barcas
y las islas sobre las que se asientan.



Nos enseñaron como construían las islas, sus cocinas, sus viviendas (en algunas de ellas había placas solares y por tanto pequeñas radios e incluso televisores), y todo sobre la isla hecha de Totora.



Salimos hacia a la Isla de Amantaní, una isla de verdad, que es la más grande de las del lado peruano. Al llegar al embarcadero de la comunidad Sancayuni nos esperaban unas 15 mujeres, con lo que entendíamos eran sus trajes tradicionales. Nuestra anfitriona es Domitila, que junto a su esposo Teófilo y sus hijos, serán nuestra familia durante nuestra estancia en la Isla. La dulce y humilde morada resultaba muy acogedora, con lo mínimo para una vida en familia, sin electricidad, ni agua corriente. El lugar donde se encuentra la cocina de leña es minúsculo, oscuro y sucio, pero cuando está encendida da un toque muy cálido. Las comidas que nos ofrecieron fueron totalmente vegetarianas: sopa de quinua, sopa de maíz, papa cocida, oca (tubérculo con forma de gusano), arroz y zanahoria. Siempre acabamos nuestras comidas con un mate de muña, una planta autóctona que nos encanto a todos.


A la noche Domitila y Teófilo nos entregan unas ropas y nos vestimos con su traje tradicional. Les Jotes con ponchos y yo con polleras camisola y una gran manta que utilizan a modo de velo. Encantados nos dirigimos a lo que sería un baile tradicional de la comunidad. Bailamos y reímos con las gentes de la comunidad. Había dos orquestas que tocaban los instrumentos típicos peruanos (zampoñas, guitarras, flautas tradicionales, tambores). Los bailes fueron agotares (más aun si somos conscientes de que nos encontramos a más de 3.800m de altura) sobre todo en el momento en el que formábamos un corro enorme y girábamos, y girábamos y girábamos…No obstante todo iba espléndidamente hasta que nos toco bailar la versión peruana de la bamba (hasta esa canción ninguna había sido conocida), una versión de tan solo 23 minutos de duración. La cuarta o quinta vez que escuchamos lo que había que hacer para subir al cielo nos estaban empezando a temblar las rodillas, jeje. Realmente fue una divertida e inolvidable noche. A la vuelta a la casa la vía láctea iluminaba un cielo totalmente estrellado.




Salimos dirección Taquile, una isla muy conocida por sus tejidos. Desde la llegada, y la gran subida hasta la plaza del pueblecito, veías a mujeres por todos lados hilando. Todos vestían con sus trajes tradicionales, y los colores de los gorros o las polleras siempre tenías un significado. La verdad es que si hay algo que nos sorprendió en todo este viaje fue lo colorista que es el lado peruano del Lago. Aunque también hay que decir en su contra, frente al boliviano, que esta mucho más enfocado al turista, y esto le resta encanto.



Encantados con el enigmático, místico y mágico lago Titikaka salimos rumbo a Cusco para, aun no sabemos muy bien como, llegar a Machupicchu, la perla escondida del imperio Inca. Y chicos como sabéis esto ya es parte de otra historia.

Muchos besos para todos.

Cris, Juanlu, Jandro y Jaime
Massaleros Vuelta al Mundo.