miércoles 18 de noviembre de 2009

Namaste Annapurnas

Sumergidos dentro de la cordillera del Himalaya (Hogar en las montañas) se encuentran “Los Annapurnas” que en sanscrito significa “Fuente de Alimento, Fuente de Vida”. Y es que en sus faldas, nutridas de ríos de agua lechosa que bajan de sus cimas, se encuentra un valle rico en cultivos y culturas. Desde Besisahar hasta Jomsom, dando la vuelta completa a este monumento de la naturaleza pasamos los últimos 12 días en una experiencia pura y auténtica. Caminando por caminos tan sólo transitados por burros de carga y personas. Serpenteando los campos de arroz listos para su recogida. Pasando por puentes colgantes que ponen los bellos de punta. Y subiendo desde los 800 metros de altura hasta su punto cúspide a 5.416metros, rodeados de picos de ocho miles a nuestro alrededor. A lo largo de la ruta puedes ver como todo va cambiando pero empecemos por el principio.

Como decíamos, comenzamos en Besisahar, a una altura de 800metros, que fue donde nos dejó el autobús que nos traía de Katmandú. Ahí comenzamos a caminar ese mismo día y observamos que a nuestro alrededor las gentes eran aún de cultura hindú. Los saris seguían nutriendo de color los lugares y sus mujeres. Nosotros, con nuestra mochila a los hombros, nos dispusimos a comenzar esta inmensa aventura.

El camino transcurre junto al río Marsyangdi, que será nuestro fiel compañero prácticamente la mitad del trekking, cuando cambiaremos de valle, tras el pase de montaña. Buscamos un Lodge, que es como aquí se llaman a las pequeñas casas que disponen de un lugar para dormir a los caminantes, y también te ofrecen comida. En realidad dormir resulta muy barato, incluso en algunos lugares es gratis, a cambio de que comas allí.

La comida sí que tiene un precio algo más elevado, y así hacen su negocio. Los lugares donde dormir son lo más simple del mundo, un cuarto, normalmente de madera, en el que tan sólo hay un par de camas. Te suelen dejar un cobertor, y menos mal, ya que si algo hay por estosos, y con el saco a parte de la manta, ya que la sensación de frío no conseguimos quitárnosla de nuestras carnes.

El camino continúa por tierras repletas de cultivos de arroz, que están en la época de recogida. Ves los campos llenos de mujeres cortando con la hoz, y colocando lo recogido en hileras perfectas, en sus ahora desnudos campos. También ves como azotan las espigas para sacar el arroz. Nos resulta fascinante ya que con esta parte del proceso, podemos decir, que durante todo nuestro viaje hemos podido observar todo el proceso del cultivo de tan preciado alimento para un mundo que es nutrido de esta planta.

V (Mujeres)

Las mujeres son música

blandiendo el arroz,

las mujeres son las manos

que hablan con la tierra,

las mujeres son la brújula,

las que marcan el son,

las mujeres son los lazos

que anudan la naturaleza.

Nuestra jornada consiste en despertarnos bien temprano, a eso de las 6,30 de la mana y caminar, con algunos descansos para té o alguna fruta, hasta la llegada, a la tarde, a eso de las tres. Es entonces cuando nos paramos, descansamos, y paseamos por los alrededores, si el frío nos lo permite. En este caso no quisimos perdernos la oportunidad y nos metimos en los campos con las mujeres, y nos ofrecimos a azotar con ellas. Sus risas nos llenaban el corazón de alegría, y el sudor cayendo por nuestras frentes nos mostraban la dureza del trabajo.

El lugar donde dormimos esta segunda noche fue Ghermu Phant, en una preciosa casa, llevada por una mujer que cocinaba riquísimo. Como compañeros en el alojamiento, se encontraba una familia alemana compuesta de un chico y una chica, que no distarían mucho de nuestra edad, y sus dos hijas de 3 y 5 años. Ellos llevaban 13 meses viajando por el mundo (habían pasado 5 meses en África) y resultaba fascinante observar la belleza de tan adorable equipo. No pudimos resistirnos a bombardearles a preguntas sobre cómo era la experiencia de viajar con niños, y muchos sabios consejos nos fueron otorgados, quien sabe, je,je.

Proseguimos nuestro camino atravesando pequeños pueblos medievales hechos completamente de piedra. Las mujeres empiezan a llegar faldas a modo de “longis”, y en la cabeza pañuelos atados en tono agitanado. Con frecuencia atravesábamos largos puentes colgantes de una parte a otra de las laderas. Pese a que se repita, uno no consigue acostumbrarse al penduleo que produce el avance de los pasos.

En cada uno de estos puentes colgantes suelen ondear banderas tibetanas, nutriendo de color el entorno. Nos encontramos en zonas muy escarpadas con numerosos desprendimientos por lo que los caminos bajan y suben haciendo que el esfuerzo por avanzar sea más duro y difícil, ya que subes 400 metros y bajas 300, y así continuamente hasta llegar al pueblo de Tal, que será donde pasaremos nuestra siguiente noche. Fue en este momento en el que el cuerpo me dio un aviso. Y es que al llegar estaba tan exhausta que no conseguía entrar en calor. No era más que una llamada de atención, y es que tenemos que mentalizarnos de que hay que hacer bien las cosas. Resulta fundamental una buena hidratación (beber al menos dos litros de agua por persona), hacer descanso cada poco, y tomar un té, ya que le pones azúcar y con ello también ayudas al cuerpo. Los frutos secos, el chocolate. Nos vino muy bien esta toma de conciencia de dónde estábamos.

VIII (Estrellas)

Las montañas sangran piedras,

la tierra del camino brilla,

como si millones de estrellas

yaciesen perdidas,

y las laderas,

entre lágrimas y grietas,

decorasen el planeta

con enormes sonrisas.

Tal (en Nepalí significa Lago), que estaba situada en un pequeño altiplano rodeado de grandiosas montañas, comenzaba a ser más tibetano, y es que ya se empieza a notar esta influencia de forma todavía más fuerte. A la entrada y a la salida del mismo se encuentran una especie de muros llenos de rodillos. Dentro de los mismos hay mantras, es decir oraciones. Debemos pasar siempre dejando los rodillos a nuestra derecha y moverlos en el sentido de la agujas del reloj, con ello lanzas los mantras hacia al viento y se reparten por el mundo.

En este día también fue cuando comenzamos a observar las atrocidades que se comenten con los porteadores, conocidos como “Sherpas” (una de las cuantiosas etnias de las montañas). Y es que al no haber carretera nada más que sendas para personas y burros, las cosas son literalmente cargadas por personas hacia arriba. Y son cargadas a los hombros y sostenidas por las cabezas, y en sus pies tan sólo unas chanclas. Nos llamó mucho la atención unos hombres que portaban unos tubos. Intentamos moverlos en uno de los descansos done coincidíamos los porteadores y nos resultó imposible. Pesaban 75 kilos. Y es así como se ganan la vida. Te ves porteadores llevando maletas a turistas. Pero unos maletones, que da vergüenza. Y yo me pregunto, ¿tanto te va a hacer falta?

Y luego te ves como llevan esas cestas típicas, también tiradas por las cabezas, con troncos de madera y sacos y bolsas llenas de diversas mercancías. Te encuentras una y otra vez con los burros y mulas, que por supuesto también llevan todo tipo de productos. Escuchas el tintineo de sus cencerros y ya sabes que se acercan. Para arriba cargaditos, y para abajo vacíos.

Proseguimos hacia Danaqyu, por caminos literalmente tallados sobre las piedras, y por tramos que se convertían en preciosos bosques de pinos. Por fin pudimos observar nuestro primer pico nevado, y era nada más y nada menos, que el Manaslu, de 8.150 metros de altura, entre él y nosotros, una montaña verde, otra de pura roca y unos cuantos metros de altitud. Impresionante la belleza de su cumbre.

XXI (Bosque)

El bosque llama al silencio,

las hojas marrones sobre el suelo

a la calma.

Los arroyos sabor a cuento,

sueltan lágrimas de hielo

desde el alma.

El tiempo pasa despacio,

los pinos colman de abrazos,

y de magia,

y de sueños.

Para nutrirnos con agua en vez de comprar agua embotellada, que supone la generación de basuras en forma de plásticos (además de que es un producto que tiene que ser transportado hacia arriba en las condiciones antes mencionadas) nosotros llenábamos nuestras cantimploras en los puntos “Agua segura”. Consiste en unos lugares en los que se filtra el agua de los ríos. No sólo resulta mucho más sostenible, si no que estas bebiendo el agua del Himalaya, directamente. El viento, una vez que se oculta el sol entre las montañas, es frío y no parábamos de ponernos capas y capas de ropa para intentar entrar en calor. Además comienzas a ver como las mejillas de los niños se tornan rosadas, casi quemadas por el sol y el frío de la altura.

El siguiente paso nos lleva hacia Chame, el Manaslu sigue siendo fiel compañero de viaje protegiendo nuestras espaldas. Ahí está, siempre que te das la vuelta lo ves más imponente. Cada vez estamos más altos y lo vemos con más fuerza. Los días que nos acompañan son soleados y bien calurosos (no podemos decir lo mismo de sus noches), lo cual hace que la caminata sea amena.

Con este último paso entramos en pueblos verdaderamente tibetanos. Y es que nos encontramos muy cerca de sus fronteras, y la influencia se nota. También hay mucho emigrante que ante el ataque chino en el 1959, partió de su tierra, y no queriendo alejarse de sus sagradas montañas se refugió en estas tierras.

Seguimos viendo banderas por doquier, que nos inspiran. En los tejados de las casa, también ondean banderas verticales, que con el viento suenan batidas como si fueran veleros de las montañas. Realmente alucinante.

Nuestro siguiente punto fue Upper Pisang. No sabría como describir este pueblo tallado en la montaña. Donde ya por la altura no ves árboles, sólo arbustos, de color morrón y rojizo. Donde el viento es tal que las banderas no suenan, truenan, en constante movimiento. Un precioso templo tibetano coronaba el pueblo, y justo enfrente el Annapurna II. Majestuoso, imponente.

El cielo totalmente despejado nos dibuja perfecta su silueta. De sus cimas salen, como si respirara, nubes de hielo, por el batir del viento. Te quedabas hipnotizado mirando tal maravillosa vista. Y por detrás los monjes no paraban de moverse preparando budas de chocolate, ya que al día siguiente había un festival en el templo (se celebraba la primera visita de Buda a Bután). Nos dormimos y nos despertamos con extraños sonidos procedentes de cuernos que salían del templo a modo de rezos.

En este punto puedes elegir entre seguir por debajo, que es lo que suele hacer todo el mundo, o tirar por la ruta de arriba que sube hasta los 3.900 metros, y que, por tanto, supone un buen punto para la aclimatación, ya que duermes al día siguiente en el famoso Manang, a 3.500metros. Nosotros decidimos tirar por arriba, con una inmejorable compañía. Un grupo de españoles, Toño, Jose, Javi, Laia, Clara y Chelo, y Zarela una peruana.

Resultó ser el día más alucinante de todo el trekking. El sol brillaba y el azul del cielo era intenso, como si estuviera pintado. Justo enfrente los Annapurnas nevados (el II, el III y no sé cuántos picos más). El estrecho camino transcurría entre pueblos que parecían salidos de cuentos.

Los Yak (especie de vacas, más pequeñas, con pelos como cardados, cuya carne esta riquísima, esa noche la probamos, necesitábamos carne) pastaban por sus laderas y las banderas seguían ondeando, los rodillos hacían su aparición, constantemente, en cualquier punto. Y comenzaron a aparecer unas piedras talladas con letras tibetanas. Se trataban de nuevo de rezos y buenos presagios. Estaban apiladas sobre montículos, sin orden aparente, como si cualquier que quisiera pudiera colocar allí su plegaria. Y como telón de fondo, siempre, las montañas, hogar de todos.

XXXI (Mensajes)

Grabadas con el corazón

en la mano,

la meditación,

y el paso de los años,

frases simples,

mensajes,

preguntas increíbles.

El lenguaje

va más allá

de las palabras,

y las verdades

se convierten intangibles,

en representaciones de la realidad

del alma.

También es curioso como a tantos kilómetros de distancia se repite algo que ya vimos en los Andes. Consiste en la acumulación de piedras en forma de pequeñas montañas, culto a la Pachamama en tierras andinas, y de nuevo plegarias en tierras del Himalaya.

El grupo de españoles que os contábamos se hacía notar por su alegría y buen humor en cualquier punto del camino. Y queremos destacar a Laia, poetisa de la vida como ella misma decía, y como pudimos contemplar que realmente así era. Solo darte las gracias por esos momentos compartidos en el camino, mientras ante nuestros ojos transcurrían tan inexplicables lugares. Y también Toño, que como despedida nos entregó un chorizo ibérico, que pertenecía a todo el grupo. Ni que decir tiene que hay cosas que el dinero no puede pagar, y recibir un chorizo ibérico en medio de los Annapurnas (teniendo en cuenta que aquí la mayoría de la gente es vegetariana, y por tanto el menú que se ofrece no suele tener carne) es algo que no tiene precio. Mil gracias os damos. Y deciros que nos hemos acordado de vosotros todo el camino, esperamos volver a vernos en Pokhara antes de vuestra partida para tierras españolas.

Llegamos a Braga, justo un pueblo antes de Manang, con la intención de quedarnos un par de días para hacer la aclimatación, y preparar una fabada (regalo de Amagoia y Jose en nuestra estancia en Vietnam) que acarreábamos montaña arriba, pero nuestros planes se vieron truncados. Por la noche unos intensos mareos nos hicieron pensar que estábamos sufriendo el mal de altura. Y por ello quisimos acercarnos hasta Manang donde había un centro médico, ya que nos veíamos teniendo que bajar y dando la vuelta por donde habíamos llegado.

En realidad no nos importaba lo más mínimo, ya que la razón de hacer este camino era el poder entrar en contacto con la realidad Nepalí-Tibetana, y la única forma es haciendo un trekking, además de poder vivir y respirar el Himalaya. El médico nos dijo que ni mucho menos, que los mareos, no sabía por qué estaban provocados, pero por ahora no teníamos mal de altura. Igualmente aprovechamos la ocasión y quisimos ir a una charla gratuita sobre este tipo de mal. Y es que nosotros, ni cortos, ni perezosos, nos sumergimos en las montañas, pero nos falta un poco de experiencia así que no paramos de nutrirnos de lo que montañeros profesionales y el médico nos decían. Vamos que hicimos un máster en montañismo en un par de días.

Nos quedamos unos días en Manang para aclimatarnos a la altura. Y no quisimos perdernos la oportunidad de visitar la casa de un Lama que vive en las montañas que rodean este pueblo, a unos 4.000 metros de altura. Su casa se encuentra, literalmente, metida en las montañas. Tiene 93 años de edad. Nada más verte aparecer, te pregunta en un inglés casi nulo, si te diriges a Thorung-La (el pase de montaña), te ofrece unas semillas de comer, y un líquido aceitoso, y luego, recitando unas oraciones, te coloca un hilo por el cuello dándote la bendición.

La historia parece como salida de un cuento, y él, Lama Dashi, un personaje entrañable. Todo el encanto se iba en cuanto te pedía el dinero y veías cómo comprobaba que el billete era correcto. Yo quise comprarle un “Tengaa”, una especie de rosario con el que rezan los mantras, éste me iba a acompañar el resto del viaje, como símbolo de protección.

No sé por qué, pero sabía que la bendición del Lama nos protegería para el resto del camino. Lo que no podría imaginar es que se nos complicaran las cosas como se nos complicaros. Pero chicos de nuevo todo esto será parte de otra historia.

Namaste amigos.


Cris y Juanlu

Massaleros Vuelta al Mundo

lunes 2 de noviembre de 2009

Fusiones Nepalíes

Ya desde el avión pudimos verlo. Inmenso, majestuoso, perpetuo, mágico, místico, puro Himalaya. Nuestra mirada se pierde en sus blancas cumbres, y nos imaginamos a sus pies bebiendo de sus aguas, sintiendo la energía de sus minerales y disfrutando de las culturas de sus gentes. Estamos felices, inmersos en un entusiasmo que nos llena y nos completa, por fin llegamos a Nepal.


En los primeros minutos, entre la gestión de la visa, la búsqueda del taxi y esos primeros minutos de circulación, Juanlu y yo nos miramos y sonreímos, no sabíamos muy bien donde estábamos. Los pitidos de los coches, el caótico y bullicioso tráfico. Las velas iluminan los tenderetes, ya que no están encendidas en la zona por la que pasamos las farolas públicas (ya que llegamos con la puesta de sol). Los Sharis de cientos de llamativos colores y brillos, con sus suaves gasas que se ondean con el andar de las mujeres nutriendo el entorno de un color especial. También hay otro tipo de vestimenta que en ese momento no sabemos ubicar (consiste en unas faldas largas con una especie de delantales de rallas).Las caras de las gentes de este país se fusionan por sus diferentes grupos étnicos, desde los que podríamos considerar casi indios, que provienen del sur, hasta rasgos más parecidos a los mongoles, que vienen de sus veneradas montañas. El país es considerado hinduista, pero como os decía está totalmente mezclado con el budismo, y más aún con el mundo tibetano.


Nuestro primer destino Boudha. Y es que antes de sumergirnos en la caótica y mítica Katmandú quisimos pasar nuestros primeros días en este barrio de las afueras de la ciudad, conocido por ser un barrio de refugiados tibetanos. Allí se encuentran multitud de monasterios budistas, con un deambular constante de monjes estudiantes por todos lados. Pero en realidad la zona es muy conocida por tener la estupa más grande del país. El taxista nos llevó hasta una calle sin salida y nos dijo que continuáramos andando hasta nuestra Guest House. La calle oscura y de nuevo con vacas a nuestro alrededor, parecía que se repitiera la historia de hace unos años en la India. Comenzamos a preguntar cómo llegar, y terminamos siendo conducidos por un monje entre calles tranquilas y con pequeños puestos callejeros, pasando por medio del monasterio Shechen.


Esa misma noche nos dimos un pequeño paseo para investigar lo que el lugar nos ofrecía y quedamos totalmente sorprendidos. Para salir del lugar teníamos que cruzar por medio del monasterio intercambiando saludos con todos los monjes que por el camino nos encontrábamos. El silencio hace que se sienta una calma que acongoja el corazón. Los olores de flores nocturnas contribuyen al éxtasis de todos los sentidos. Caminando por entre los callejones terminamos desembocando en la famosa estupa. Desde ella cuelgan cientos de banderas que ondean al viento, y de fondo podemos escuchar una melodía, de una de las tiendas de música que aún permanece abierta. Nos sentamos en un escalón y observamos el pasar de las pocas personas que todavía están por la calle, y los juegos de los niños que corretean. Es uno de esos momentos que uno no puede fotografiar, y no sólo porque fuera de noche, sino por los muchos sentidos que son cautivados al mismo tiempo. Tan sólo se puede retener mentalmente, y espero haber podido dibujar al menos la silueta.


A la mañana siguiente, tras una primera noche de mantitas (teníamos ganas de un poco de fresquito, que llevamos demasiado tiempo en clima tropical), nos sumergimos en el fluir de las gentes, y para ello nada mejor que ir, de nuevo, hacia la estupa. En el camino las callejuelas se convirtieron en un enjambre de artesanos de todo tipo (orfebres, costureros, talladores, etc, incluso gente pintando los famosos “mandalas” tibetanos, que son una verdadera preciosidad).


Y al llegar a la estupa, un continuo y contante ir de la gente en torno a ella, nos mostraba los rezos y la oraciones de un pueblo con diferentes religiones que se entre mezclan. Me explico. Resulta que ves tanto hinduistas como budistas rezando en el mismo templo. Hay estatua de Buda, de shiva, de Vishnu e incluso ruedas de la vida tibetanas, dentro del mismo templo. También las banderas, de multitud de colores, son tibetanas. Consisten en oraciones escritas sobre las propias banderas, que con el agitar del viento son lanzadas hacia la inmensidad del cielo. Resulta tan maravilloso verlas y sentirlas, como con su movimiento desprenden la energía de la plegaria. Las mujeres de esas vestimentas que ayer no reconocíamos terminaron siendo mujeres tibetanas.


Todos, nepalíes y tibetanos, hinduistas y budistas, llevan una especie de yapas (lo que para nosotros sería un rosario) y según la forma del mismo puedes distinguir su religión o incluso su procedencia étnica. Todos caminan en el sentido de las agujas del reloj y la verdad es que no sabríamos decir ni donde empieza ni donde termina la oración. Nosotros sentados en un primer momento en una esquina observábamos atentos lo que ante nuestros ojos se presentaba.



Boudhanath Stupa

Rodillos sin paradas, giran
desde primeras horas de la mañana,
las manos de los fieles acarician
su relieves y plegarias.

Un reloj de agujas humanas
marca al segundo la vida
de la stupa de los ojos en llamas
y de palomas en su cúpula erigidas.

Inciensos, sonidos de campanas,
los pasos de quienes peregrinan,
ofrendas florales sagradas,
Budas, Ganeshes y Shivas.

Entre granates y naranjas
se mezclan budistas e hinduistas,
en una mágica estampa
que engancha e hipnotiza.



El saludo es “Namaste”, al igual que en la india, y las palmas de las manos se juntan en el momento en el que esta palabra es pronunciada. Nos perdemos de nuevo por sus calles y observamos como las mujeres lavan en las fuentes, donde además se juntan, charlan y bañan a sus hijos. Las banderas siguen ondeando por los tejados de las casas.


Nos acercamos por primera vez a la vera de un río y no damos crédito a lo que vemos. Lejos de las aguas claras y cristalinas que nos imaginamos, pensando en lo cerca que están ese surtidor de agua que es el Himalaya, nos encontramos vertederos en ambos lados, con niños jugando entre las basuras, y vacas pastando entre prados de escombros y desechos.


Tras unos días de sosiego por la zona, decidimos adentrarnos en el centro de Katmandú, y es que queremos hacer el trekking por los Annapurnas, el equipo massalero precisa de una puesta a punto, y unas compras de última hora para convertirnos en “massaleros montañeros”.


¡Viajero!

De profesión: ¡Viajero!
aunque nadie me educara para ello.
He ido aprendiendo por el camino
y labrándolo con experiencias que he vivido.
Me han enseñado, me han dado consejos,
he abierto mis ojos sellados por los miedos,
he disfrutado, he llorado y reído
con personajes desconocidos,
que forman ya parte de mis amigos
y en mi mochila llevo dentro.

Por convicción y devoción:¡Viajero!
Hasta la saciedad, empedernido,
nuevo viaje, nuevo reto,
como si en el mundo de los circos
cada atracción fuera un destino
al que llegar por tierra, mar o cielo,
del que me quedo prendado, abducido,
y con el convencimiento pleno
de seguir bebiendo de este veneno.



No nos podemos imaginar lo que estamos a punto de hacer. Tras mucho divagar hemos decido hacer un trekking de unos 20 días, por nuestra cuenta. Nos hemos documentado, y es totalmente posible, pero eso ya os lo iremos narrando conforme se sucedan los acontecimientos. Por ahora tenemos que hacer compras, y para ello nada mejor que el barrio de Thamel. Allí nos dirigimos, allí nos sumergimos.

Es un barrio totalmente hecho para los turistas, que desde aquí parten hacia cualquier punto del país. Hay tiendas de montañeros super baratas por todos lados (claro que las calidades también dejan mucho que desear, así que hay que recorres una tras otra, hasta encontrar lo que se busca). El bullicio es total, es una extraña y jaleosa mezcla.


Por la tarde habíamos quedado con Nicole, una chica que trabaja en la ONU para derechos humanos, con la idea de que nos contara algo sobre el país que estábamos pisando y lo que nos desveló fue más o menos lo que nos esperábamos. El sistema de castas está abolido pero pese a ello lo puede verse cómo socialmente sigue muy vigente. El acceso a la educación en las zonas montañosas y es prácticamente nulo, y un 80% de la población vive dedicada a la agricultura. Tras una abdicación del Rey, los Maoistas están en el poder, creando una nueva constitución para uno de los países más pobres de toda Asia, y las confrontaciones no paran de surgir, haciendo que tras un año aún no se pueda ver nada sobre los cambios que tanto se habían prometido. De hecho en estos días ha habido algunas manifestaciones por la ciudad y amenazan con bloqueos de carreteras, es por ello que no hemos querido espera y nos vamos en cuanto consigamos los permisos para el trekking.


Quedamos con ella en Swayambbunath, una estupa que se eleva sobe un montículo, custodiada por cientos de monos, y que ofrece unas preciosas vistas de la ciudad. Fuegos que eran encendidos como ofrendas, y multitud de gestos y movimientos de la gente que aún a estas horas sigue con sus oraciones que parecen no tener fin. Las frentes de todos ellos siguen llevando los Tikas (ungüento rojizo colocado sobre el tercer ojo, representando a todo lo visto y conocido, así como el más importante chakra).


Mientras tanto nos sumergimos por la ciudad y de nuevo nos desubicamos para de nuevo encontrarnos. Es maravilloso esto de que las cosas que nos encontramos, pese a todo lo pasado, aún nos sorprendan. Bajamos hacia la plaza Durbar, siendo el camino un sinfín de pequeñas tiendas, donde no caben más que un par de personas vendiendo todo lo que podamos imaginar. Desde especias, mantas, joyas, sharis, frutas o verduras a todo tipo de utensilios del hogar.

Los Babas se nos cruzan por el camino, con el naranja de sus vestimentas, y las pinturas en sus caras. Son considerados hombres sagrados en la cultura hinduista y viven de las ofrendas de la gente (algunos de ellos también de hacerse fotos con los turistas). Cuentan multitud de historias de ellos, como que comen carne humana o que son capaces de ponerse en contacto con los dioses
.


Como último tema a hacer por la ciudad queríamos visitar una escuela llamada “Peace and Beautiful Children”. En realidad no resultó ser una escuela, sino un proyecto en el que sustentan a niños para que puedan vivir en la ciudad y de esa forma poder recibir una educación, ya que todos ellos provienen de las montañas donde no disponen de escuelas a las que asistir. Es una educación pública, y la asociación les da un lugar donde dormir, ropa, libros y comida. Fue muy interesante ya que pudimos ver como estos niños, que tienen muchos problemas (pensemos que solo ven a sus padre 1 mes al año, es como si vivieran en un internado, pero con tan sólo las mínimas necesidades cubiertas, de hecho no tienen acceso ni a agua caliente para las duchas, y pensar en el frio que hace aquí) para acceder a algo que nosotros ya consideramos como seguro, una educación. Y os podemos asegurar que la motivación que tienen estos críos ni se acerca a la nuestra. Ves como te hablan inglés con tan sólo 9 años, y no das crédito. Están sumamente interesados en aprender cualquier cosa que quieras enseñarles. Te dicen ilusionados que quieren ser médicos, ingenieros o maestros pero a ver donde llega esa motivación ya que en este país no hay universidades
.


Y bueno ahora estamos en la habitación del Guest House, ultimando los detalles de la maleta, que necesitamos que pese lo menos posible. Acaba de haber un corte de luz, uno de los numerosos que hay en la ciudad, y estamos a oscuras, con nuestra linternita esperando que este no dure mucho. Nerviosos y deseando poder contaros nuestras experiencias por estas tierras llenas de un algo, que aún no sabemos cómo describiros, pero que esperamos poder contaros en nuestra próxima entrada. Pero chicos, como siempre esto ya es parte de otra historia.

Un fuerte abrazo a todos.

Cris y Juanlu
Massaleros Vuelta al Mundo